2 de abril – La causa Malvinas es lo más grande después de la familia

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José Luis Montivero, ex integrante del Batallón de Infantería de Marina N° 5 de la sección de morteros, recuerda sus días en Malvinas, asegura que hicieron “lo que teníamos que hacer, cumplimos con nuestras obligaciones y con mucha pasión” y cuenta que volver a Malvinas en 2015 le permitió entender mejor su participación en la guerra de 1982 cuando era un conscripto de 20 años.

“Para mí, la causa Malvinas es lo más grande después de la familia. Es una marca que uno lleva, no se puede volver atrás”, aseguró emocionado José Luis Montivero, nacido en Córdoba en 1962 y vecino de San Martín desde su infancia, al recordar su participación en la guerra de las Malvinas de 1982.

Con motivo de los 44 años del conflicto bélico que marcó a la Argentina, Montivero dialogó con Reflejos de la Ciudad, mientras ostentaba orgulloso su camiseta de excombatiente y rescataba el aliento de sus compañeros de la sección de morteros del Batallón de Infantería de Marina N°5, mientras en medio de los combates caían las bombas de los ingleses cerca de su trinchera. 

-¿Como era su vida antes de Malvinas? 

-Nací en Laboulaye, Córdoba, el 5 de marzo de 1962. Vine a San Martín de chico, donde terminé la escuela primaria. Entré al servicio militar en febrero de 1981, me tocó Infantería de Marina de la Armada. Tuvimos una instrucción muy brava, con compañeros de todo el país. Y la mayoría elegimos ir al Batallón de Infantería de Marina N° 5, en Tierra del Fuego. Llegamos en abril de 1981. Me tocó la sección de Morteros 81, de 50 soldados de diversas tandas. No teníamos idea de lo que era el sur, llegamos en un avión Fokker y hacía un frío tremendo. 

-¿Cómo se enteraron del desembarco en las Malvinas?

-Con el zafarrancho de combate. Eran las 12 de la noche previo al 2 de abril. Estaba nevando. Y el comandante del batallón, capitán Carlos Robacio, nos informó el desembarco. No entendíamos qué pasaba. Y esa misma noche nos afectaron para cuidar la ciudad de Río Grande. Al cuarto día nos ordenaron ir a Malvinas. Ya habíamos entrenado previamente combate con munición real cerca de la frontera con Chile, por el litigio con ese país. 

-¿Cómo fue la llegada a las Malvinas?

-Fue el 8 de abril en un avión Fokker de la Armada. Era como estar en una película. Al llegar a Puerto Argentino había soldados por todos lados, aviones y helicópteros. El clima era igual al de Río Grande, con lluvia, frío, viento y nieve. Al llegar empezó a cambiar todo, estás lejos de todo, comenzás a pensar en vos y el combate, lo que tenés que hacer. Fuimos caminado desde el aeropuerto hasta el pueblo. Nos movilizaron a la zona de los montes Tumbledown y Williams. Ahí hicimos posición permanente desde que llegamos hasta el final. 

-¿Cuál fue su misión en esa posición?

-Desde mediados de abril fuimos y vinimos buscando nuestras municiones. En cada posición de mortero había seis soldados. Mi función era de cargador y tirador. Había seis morteros en posiciones separadas. Estábamos en un pozo bajo tierra, en una trinchera. En los días de lluvia se llenaba de agua. El terreno era de turba, se hundía. Vivimos ahí 50 días hasta el 14 de junio. Ahí comíamos, nos bañábamos los seis soldados. Éramos una línea de defensa y estábamos a la expectativa, con el mortero. Teníamos la defensa de Puerto Argentino, entre 600 infantes de Marina y 200 soldados del Ejército, en Sapper Hill, Tumbledown, Longdon y Dos Hermanas.  

-¿Qué recuerda de esos primeros días en esa posición?

-Cuidábamos nuestro estado físico y la alimentación era buena hasta los últimos seis días. Estábamos a la espera. Le pude enviar una carta a mi mamá. Y una vez fuimos con los muchachos al pueblo a bañarnos y a buscar unos corderitos. Trajimos cinco o seis. Los cocinábamos con los cascos, que eran resistentes al fuego. Hacíamos un mechero y secábamos la turba para que funcionara como un carbón. La camaradería es algo que en la guerra no se pierde nunca, todos estábamos para ayudarnos mutuamente.

-¿Cómo se enteraron en su momento del hundimiento del crucero General Belgrano?

-Yo era el único que tenía una radio. Escuchábamos Radio Colonia de Uruguay. En el frente de batalla no llegaban los diarios. Y nos enteramos por la radio del hundimiento del Belgrano. Fue un impacto porque era un emblema para la Armada.  Eso nos afectó en lo emocional. 

-¿Y cómo vivieron el ataque de los ingleses a su posición?

- El 1ro. de mayo yo había visto caer el primer avión ingles en Puerto Argentino, con los primeros ataques, pero el 10 de junio se complicó todo porque los ingleses atacaban de día y noche. Con aviones y cañoneos de los buques. Pasaban vuelos rasantes. Lo más difícil fueron los últimos cinco días. Fue tremendo, a partir del 10 de junio tiraban de todos lados.

-¿Cómo recuerda esos momentos?

-Recién el 1ro. de mayo nos dimos cuenta que estábamos en una guerra. Queríamos defender lo que nos enseñaron. Y ahí aprendes a valorar todo, la familia, los amigos. El combate te dimensiona todo de otra forma. Cuando tenés al enemigo del otro lado, que está tirando y te quiere matar, cambia todo, cuando ves que explotan las bombas y escuchás el grito de tu compañero: “Vamos, hay que meterles bala”. Nos dábamos mucho aliento para no bajar los brazos. En el campo de batalla escuchás tiros, bombas, cañoneos. El soldado es el último elemento de defensa del país. 

-¿Cómo fueron los últimos días de la guerra?

-Ese 14 de junio, lo más difícil fue haber tenido que dejar mi mortero ahí, desarmado. Lo enterré bajo tierra, cuando entramos a un campo minado. Murieron dos compañeros míos y otros fueron heridos. A las 10 de la mañana del 14 de junio nuestras defensas ya estaban rotas. Protegíamos a los que iban retrocediendo y defendíamos la posición. El 14 de junio por la tarde llegamos a Puerto Argentino. Los ingleses ya estaban desde el 13 de junio. Éramos 54 soldados en mi sección, estuvimos como prisioneros un día, con nuestras armas y municiones.

-¿Cómo fue enterarse de la rendición?

-Estábamos en Sapper Hill y el jefe de sección nos informó que el comandante de la isla, el general Menéndez, había decidido la rendición y el alto el fuego. Pero hicimos lo que teníamos que hacer, cumplimos con nuestras obligaciones y lo hicimos con mucha pasión. En esos momentos no importa mucho la vida, si te toca, te toca. Te queda la angustia de no haber podido hacer más. Era muy joven, tenía 20 años. 

-¿Y desde ahí hasta la vuelta al continente?

-Cuando llegamos a Puerto Argentino era todo un caos. El 20 de junio estuvimos en el aeropuerto hasta el 23. Juramos a la bandera nuevamente. Y me subieron al rompehielos  Almirante Irizar hasta Ushuaia, luego a Río Grande. A la semana me dieron la baja, vine a Buenos Aires en un avión de Aerolíneas sin asientos, hasta el aeropuerto de Ezeiza, luego a Retiro y ahí nos separamos todos.

-¿Volvieron a juntarse con sus compañeros de Malvinas?

-Recién en el 2002, a los veinte años de Malvinas, después de una caravana desde el norte del país hasta Ushuaia. Y fue un encuentro hermoso con la mayoría de mis amigos de Malvinas. A partir de ahí empezamos a juntarnos. 

-¿Cómo son esos encuentros?

-Son como retroceder en el tiempo, recordamos muchas cosas que pasaron y que vimos. La guerra te deja marcado, todos hablamos el mismo idioma. Tenes flashes de la guerra. No recordás el cien por cien de lo que pasaste. Te acordás el primer día del ataque. Cuando cocinábamos en los cascos. Cuando vimos el primer avión. Cuando le tiramos a un avión con los morteros. La camaradería va a existir siempre. 

-¿Volvió a las Malvinas después de la guerra?

-En 2015. Fui al campo de batalla donde estuve. Antes tenía una foto en negro de 1982 y al estar ahí la vi como una foto color revelada. Me dio otra perspectiva. Encontramos cosas de aquella época en el campo de batalla y las rescatamos.

-¿Cree que a la sociedad le costó reconocer a los excombatientes?

-Llevó su tiempo. Pero valoro el reconocimiento de la gente en la calle. A nosotros nos costó insertarnos de la vida militar y la guerra. Es como que se te pierde tu vida y no sabés cómo arrancar de vuelta. La guerra te cambia la cabeza. Me pregunto cómo hubiese sido mi vida si no hubiese ido a Malvinas. Para mí, la causa Malvinas es lo más grande después de la familia. Es una marca que uno lleva, no se puede volver atrás. Es lo que nos tocó.