Eduardo Zimmermann, hijo de Marcos Zimmermann -primer presidente del Colegio de Abogados de San Martín e integrante de la Federación Argentina de Colegios de Abogados- recuerda cómo se vivieron en San Martín los años oscuros de la Argentina.
Postales de aquella dictadura
El pasado martes 24 de marzo se cumplieron 50 años del inicio de la última dictadura cívico militar inaugurada con el golpe de Estado de 1976 y que se prolongó hasta el retorno de la democracia en la Argentina con la asunción del presidente constitucional Raúl Alfonsín el 10 de diciembre de 1983.
En una época donde parte de las nuevas generaciones desconocen la profundidad de las violaciones a los derechos humanos que se producían en el país por parte de la Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla y los crímenes de lesa humanidad cometidos, con el surgimiento de sectores negacionistas, Reflejos dialogó con el abogado y dirigente de la UCR de San Martín, Eduardo Zimmermann, quien recordó el clima de persecución política vivido en aquella época en San Martín en el ámbito de la política y el ejercicio de la abogacía.
Hijo de Marcos Zimmermann, el primer presidente del Colegio de Abogados de San Martín e integrante de la Federación Argentina de Colegios de Abogados (FACA) en los años de plomo, Zimmermann destacó las gestiones realizadas por los dirigentes de la abogacía ante las violaciones a los derechos humanos y resaltó la figura del diputado radical Mario Abel Amaya, víctima de aquella dictadura.
-¿Cómo se actuaba desde las entidades de abogados de San Martín y del resto del país ante las violaciones a los derechos humanos de la dictadura?
-Cada vez que había ataques, secuestros o desapariciones de abogados o sus clientes, desde el Colegio de Abogados de San Martín y otros colegios lo primero que se hacía a través de sus delegados en la Federación Argentina de Colegios de Abogados era elevar una denuncia. La recibía la Comisión de Defensa de los Intereses Profesionales, cuyo nombre era un eufemismo para referirse a los derechos humanos. Mi padre integraba, entre otros, esa comisión que recibía denuncias de todo el país y era presidida por el Dr. Reyneiro Bernal, presidente del Colegio de Mar del Plata, ciudad recordada porque ahí se produjo en 1977 el secuestro y asesinato de un grupo de abogados encabezados por el Dr. Norberto Centeno en la llamada “Noche de las corbatas”. Bernal fue un hombre valiente al tratar de salvar las vidas de esas personas. Y cuando vino al país un grupo de abogados de Nueva York, junto a mi padre les entregaron un informe sobre el tema. Pero la censura que había en esa época era terrible.
-¿Qué pasaba con los abogados que actuaban a favor de los derechos humanos?
-Muchísimos fueron secuestrados por presentar un hábeas corpus, que no prosperaban ante la negativa del Gobierno militar sobre los datos de los secuestrados. Uno de los abogados que se jugó la vida fue el Dr. Raúl Alfonsín, que firmó muchos hábeas corpus junto a Florentina Gómez Miranda.
-¿Recuerda algún caso de reclamo a favor de un letrado víctima de esos hechos?
-El Dr. Bernal fue con mi padre a un regimiento a pedir por un abogado que acababa de ser secuestrado, pero los amenazaron con fusilarlos y tuvieron que salir corriendo entre los pajonales. Y eso que el Dr. Bernal presidía esa Federación tan importante de todo el país.
-¿Qué recuerda del secuestro del diputado radical Mario Abel Amaya?
-Tengo una obligación moral de contar el caso de Amaya, quien fue un gran héroe de la democracia. Al final del gobierno peronista de Isabel Perón, un grupo de radicales nos juntábamos a comer con Alfonsín para hablar de política. Una noche vino Amaya. Cuando nos estábamos despidiendo, nos dijo: “Esta puede ser la última vez que nos veamos porque es inminente que me maten”. Y cuando le preguntamos por qué no se iba del país ante las amenazas, respondió: “No podría vivir lejos de mi país, prefiero quedarme y morir en la Argentina”. Luego fue secuestrado junto al senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, otro prócer de la democracia argentina y llevados a la cárcel de Villa Devoto. Amaya era asmático y le sacaban los remedios. Fue torturado hasta la muerte.
En su velorio, organizado por un gran dirigente radical de Mataderos, Liborio Pupillo, éramos muy pocos. Ninguna otra casa velatoria quería hacerlo por miedo. Fuimos con mi padre y estaba toda la zona tomada por patrulleros. Era tétrico llegar, daba la impresión que nos iban a matar a todos. Llegamos, había tres salas velatorios y no lo reconocimos a Amaya por las torturas que había sufrido. Parecía otra persona. A la media hora llegó Alfonsín, nunca lo vi tan abatido. Él había ido a visitar a Amaya en el penal días antes de su muerte y trató de salvarlo, en una gestión con el ministro del Interior de la dictadura y ex compañero suyo en el Liceo Militar Gral. San Martín, Albano Harguindeguy, pero no pudo. Y cuando se hizo el entierro en Trelew, Alfonsín dio un discurso brillante.
-¿Qué lo impactó más del asesinato de Amaya y por qué rescata su figura?
-El hecho que yo no lo haya podido reconocer en el velorio me pesó durante mucho tiempo. Pero muchos años después, en Puerto Madryn, hablé con el hijo de Solari Yrigoyen y me contó que durante el juicio por el asesinato de Amaya, su propia madre declaró que lo había visto en la enfermería de la cárcel antes de su muerte y ella misma no lo había reconocido por las torturas sufridas. Es muy importante recordar a hombres excepcionales como Amaya, dispuestos a dar la vida por la patria en forma consciente, que prefirió morir en su patria y sufrió un calvario enorme por sus ideales.
-¿Cómo se organizó el acto de protesta por los derechos humanos en el Palacio de Tribunales de San Martín en plena dictadura?
-En cierto momento la Federación Argentina de Colegios de Abogados – FACA decidió hacer una jornada nacional de protesta en todos los departamentos judiciales del país, porque estaban secuestrando personas, que desaparecían y no se respetaba su derecho a la defensa. Pero a diferencia de otros lugares donde se hizo en los colegios de abogados, en San Martín mi padre -Marcos Zimmermann, integrante de la FACA y quien había sido el primer presidente del CASM- decidió hacerlo en el Palacio de Tribunales, en el edificio de la Ruta 8, que estaba recién inaugurado. Vinieron representantes de la prensa internacional. Mi padre iba a ser el único orador y me pidió que me quedara en el entrepiso, porque si llevaban a todos presos tenía que quedar alguien para pedir por su liberación.
-¿Qué sucedió cuando lo hicieron?
-Me quedé con algunos miembros de la juventud radical en el entrepiso de Tribunales y cuando mi padre comenzó a hablar, junto al busto de San Martín, la Policía -que ya había cortado todos los accesos alrededor de edificio- lo detuvo y lo llevó a la alcaidía, para trasladarlo al penal de Villa Devoto. En medio del cordón policial, un fotógrafo se animó a sacar una foto y al escuchar el ruido de la máquina fotográfica, lo corrieron y lo molieron a golpes, mientras empezaron a meter presos a muchos periodistas en la vereda. Había un grupo muy reducido de abogados, la gente tenía mucho miedo. El presidente del Colegio de Abogados de San Martín era el Dr. Francisco Mugnolo y estaba muy afectado con todo esto.
-¿Qué pasó con su padre ante su detención?
-Empezó a correrse la voz en todo el edificio y los abogados comenzaron a bajar. Y se juntó una multitud reclamando, para impedir que lo trasladen. Si lo sacaban de ahí, lo llevaban a Devoto y quedaba a disposición del Poder Ejecutivo. Entonces, se movieron las autoridades del Colegio, entre ellos Mugnolo, hablando con el entonces presidente de los Tribunales, el Dr. Eduardo Olcese, conocido músico, ya fallecido, que era la máxima autoridad de los Tribunales. Al final llegó la orden de liberar a mi padre, muchas horas después. Eso da una idea del clima de esa época.
-¿Cómo se actuaba en San Martín ante la prohibición de ejercer la actividad política y el derecho de reunión en estado de sitio?
-Nosotros teníamos un comité clandestino, en la calle Saavedra. En una ocasión vino Alfonsín con Armendáriz y obviamente los estaban siguiendo. A los pocos días sufrimos el primer allanamiento. De milagro no estábamos. Y sufrimos otros tres allanamientos de las fuerzas conjuntas, rodeando el lugar, desde los techos. Nos destruyeron todo. Rompían las cloacas buscando armas en los caños. Nos robaron todo con los camiones del Ejército. Nunca recuperamos nada. Y luego estuvimos una semana escondidos, con mucho miedo. Por suerte no nos pasó nada grave, si bien yo estuve en calabozos detenido, a veces íbamos a las manifestaciones contra la dictadura. En una oportunidad lo llevaron detenido a mi padre. Siempre me sacaba él a mí, pero esa vez lo tuve que sacar yo.
-¿Intentaron volver a hacer reuniones políticas en San Martín luego del allanamiento al comité?
-Había que hacerlas en forma simulada. Entonces organizamos el Instituto Sarmiento de Sociología Histórica que presidía mi padre. Con ese pretexto hacíamos conferencias de cualquier tema, se juntaba la gente y lo hacíamos en la Biblioteca Popular de San Martín, que entonces estaba en la planta baja de la calle Campos esquina Matheu. Era una especie de peña política. En una ocasión iba a hablar el profesor Barciela, que era demócrata progresista, se lo había presentado como una conferencia sobre temas culturales, pero se hablaría de política. En un encuentro anterior sobre poesía con Julio Arístides, había ido mucha gente y a la Policía Federal, que estaba en esa cuadra, le empezó a llamar la atención. Y nos pusieron en la mira.
-¿Se concretó la conferencia con Barciela?
-Él tuvo la inteligencia de llevar un texto escrito sobre la Revolución de Mayo o similar. Y cuando iba a empezar la conferencia, se cortó la luz, la Policía Federal estaba en los techos con unos alicates cortando la energía y entraron a la biblioteca. Entonces, Barciela sacó rápidamente el escrito preparado que hablaba de Mariano Moreno y se lo secuestraron. Se armó un escándalo, mi padre gritaba que eso era un acto cultural. Yo estaba en la calle y aprovechaba para decirle a la gente que se fuera porque estaba la policía adentro y nos iban a llevar presos a todos. Recuerdo a un gran dirigente radical de Villa Ballester, Eduardo Gatti, que venía a la reunión con su esposa e hijo. Y él me contestó: “Si hay que ir preso, iré con ustedes”. Le dijo a su esposa e hijo que se fueran y él se quedó, voluntariamente. Después de todo el escándalo vino SEGBA, conectaron la luz, y terminamos la conferencia con los pocos que quedábamos. Pero de ahí en adelante no pudimos seguir con esos encuentros en ese lugar, sus autoridades nos dijeron que si seguíamos iban a clausurar la biblioteca.
-¿Cómo fue la historia del hábeas corpus de Ricardo Balbín?
-Balbín estaba con correligionarios en una comida una noche en Vicente López, entre ellos el presidente y secretario del Colegio de Abogados de San Martín, los Dres. Elías Cerruti y Enrique Santoyani. Rodearon el lugar y el Ejército se llevó detenido a Balbín. A la madrugada ellos vinieron a mi casa a hablar con mi padre y nos contaron que se habían llevado a Balbín casi a las patadas, pero no a los demás. Estaba detenido en la comisaría de Vicente López y había que presentar un hábeas corpus. Mi padre me lo dictó, lo escribí en mi máquina de escribir portátil y lo firmó Cerruti.
“El lider radical Ricardo Balbin sale de la comisaría tras ser liberado tras su detención el 15 de diciembre de 1978, flanqueado por Antonio Troccoli y Juan Carlos Pugliese”.
-¿Finalmente lo presentaron?
-Había que hacerlo ante el juez de turno de San Isidro y resultaba que era muy amigo de Cerruti, iban a comer con sus esposas. Al otro día supimos que su amigo no quería ni siquiera recibirlo, tenía miedo. Les pidió que esperaran y finalmente, por presiones internacionales, Balbín fue liberado. Y se llevaron el escrito judicial sin presentar. “Cómo puede ser que mi amigo, que era juez, no haya querido recibir un hábeas corpus del presidente del Colegio de Abogados y a favor de alguien tan reconocido como Balbín”, decía asombrado Cerruti. Luego, Santoyani me contó que al final lo presentaron en un Juzgado Federal ante la negativa del otro juez.
-¿Cómo se desarrolló la vuelta de la actividad política antes el retorno de la democracia en San Martín?
-La salida democrática fue muy improvisada y se debió a la derrota del Gobierno militar en la guerra de las Malvinas. El general Bignone decretó que cierto día a la hora 0 quedaba habilitada la actividad política. Y entonces abrimos nuestro comité de la calle Saavedra, que había sido allanado cuatro veces, justo a las doce de la noche de ese día. Como habían robado la bandera radical en los allanamientos, busqué otra que tenía y la atamos a una caña de pescar con un alambre, en un acto simbólico. Debe haber sido el primer comité del país abierto. Y luego hubo que organizar los partidos políticos, sin la gente tan capaz que había sido asesinada.
-Entonces fue electo Alfonsín como primer presidente constitucional...
-Sí, fui concejal en la primera camada y éramos todos nuevos. Fue muy emocionante esa primera sesión en el Concejo Deliberante. Veníamos de tantos años de dictadura y tanta muerte. Fue una gran fiesta la llegada de democracia con Alfonsín. Y gracias a su valentía y tozudez de hacer a toda costa el Juicio a las Juntas, cuando se levantaban todos los militares del país, logró consolidar la democracia, que lleva más de 40 años.



